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jueves, 12 de junio de 2014

Leopoldo Jacinto Luque



















A lo largo de la historia, muchos jugadores llegaron a River con pergaminos de hazañas y grandes actuaciones, pero al ponerse el manto sagrado, se hundían en el ostracismo y la intrascendencia. Otros llegaban con perfil bajo y sin mucho ruido, pero acababan sorprendiendo al público Millonario.

En 1975, River Plate cortaba la racha de 18 años sin títulos y Carlos Morete, su goleador, era transferido al fútbol español. Para cubrir su partida, se incorporó a Leopoldo Jacinto Luque, un santafesino, de 26 años, que le había convertido en dos ocasiones en el Metropolitano de 1975, y que tenía recorrido en equipos del interior pero poca continuidad en Primera División.

El Pulpo no tardó en demostrar porque fue el elegido. El día de su debut, el 21 de septiembre de 1975, convirtió el gol de la victoria, nada menos que contra Boca, en la Bombonera. A partir de allí, sería pieza clave en el equipo de Ángel Labruna, a tal punto que condenaría a un naciente Ramón Díaz a ingresar en los segundos tiempos.

A pesar de medir alrededor de un metro ochenta, era un jugador veloz, ágil, de una potencia arrolladora y un olfato infalible. Características difíciles de combinar en un goleador, pero que le quedaban pintadas para el paladar riverplatense.

Fue en el conjunto Millonario donde encontró su lugar en el mundo. De breves pasos por Unión y Rosario central, vistió la banda sangre durante cinco años, período en el que se ganó la confianza de César Luis Menotti, seleccionador nacional, para formar parte del plantel Argentino campeón del Mundo de 1978.

En River jugó 207 encuentros oficiales (176 por torneos de AFA y 31 internacionales) y convirtió 84 goles (75 en AFA y 9 internacionales), números que lo ubican dentro de los magníficos artilleros riverplatenses.

Entre sus obras con la casaca Millonaria se encuentra un gol de taco a Huracán, convertido el 2 de diciembre de 1979; y el record de ser el único jugador que logró convertir cinco goles en un clásico. Fue contra San Lorenzo, el 22 de febrero de 1976, el encuentro finalizó 5 a 1 en favor del Millonario, y Leopoldo metió los cinco.

Este espigado delantero de bigote setentoso y brazos largos hasta el infinito, fue uno de los grandes goleadores de la historia Millonaria. Generalmente, cuando se habla de ídolos, se suele mencionar a Norberto Alonso, Amadeo Carrizo, Ariel Ortega, Ángel Labruna, Enzo Francéscoli y Adolfo Pedernera, pero no se tiene en cuenta a Luque, que sin dudas, merece un lugar en esa galería.

sábado, 3 de agosto de 2013

El regreso del Charro

No alcanzan las tribunas
La invasión en el regreso de Moreno










En los tiempos que corren, el furor por la cultura del aguante ha popularizado el canto que repite “no alcanzan las tribunas…”. Pero en 1946, más precisamente el 28 de julio, bien podrían haberse entonado las estrofas de esa canción.

En esa jornada memorable, por la fecha 13 del torneo argentino, volvía a vestir los colores riverplatenses, tras dos años en Mexico, José Manuel Moreno. Esa tarde, River enfrentaba a Atlanta en la cancha de Ferro Carril Oeste, cuya capacidad se vio desbordada por el clamor popular.

En 2 julio de 1944, Moreno había jugado su último partido con la camiseta de River antes de partir al país azteca, dejando atrás un palmarés de cuatro campeonatos y el recuerdo de uno de los mejores equipos de la historia del fútbol argentino: La Máquina.

Tras su exitoso paso por el club España del país de los mariachis, decidió que era momento de volver a la Argentina. El primero en mostrar su interés fue Racing Club, pero como el fútbol mexicano estaba fuera de los controles internacionales, “Rulito” seguía siendo jugador de River, por lo que se estableció una disputa entre ambas instituciones que fue resuelta por el Ministerio de Trabajo: el jugador debía volver a su club de origen.

Desde ese momento todo fue ansiedad y locura. Los hinchas desesperaban por conseguir su entrada, los dirigentes, irresponsables, no querían perderse la oportunidad y pusieron a disposición más localidades que las permitidas. Además, no faltaron los que quisieron colarse, y así, el día del partido, no cabía un alfiler en el estadio, que albergó cerca de 40000 personas, mucho más de lo que podía soportar su aforo.

Afortunadamente no hubo que lamentar una tragedia, ya que la euforia y el fanatismo que despertaba el Charro vencieron la resistencia de los alambrados da las tribunas y la invasión fue inminente. Hubo tantos particulares en el rectángulo de juego que el partido tuvo que ser demorado por treinta minutos.

Por supuesto, al dar el árbitro comienzo al encuentro, las condiciones no eran las ideales. Alambrados caídos y gente por todos lados lo convirtieron en un evento antirreglamentario. A pesar de ello, se jugaron los noventa minutos y el hijo pródigo, que no estaba en óptimas condiciones físicas, devolvió todo ese afecto convirtiendo tres goles para que River ganara 5 a 1 –completaron el quinteto Pedernera y Baez -. La fiesta fue completa.

Antes de que se cumpliera el tiempo reglamentario, el ídolo se fue acercando al túnel que lo llevaba al vestuario, de modo de huir apenas se oyera el pitazo final, de lo contrario, sería interceptado por los miles de fieles que habían ido a recibirlo y le sería imposible salir de allí.

En esa época sí que no alcanzaban las tribunas y no porque existieran los fanáticos de su hinchada, sino porque, en el campo de juego, estaban los mejores jugadores de fútbol del mundo, y José Manuel Moreno, sin dudas, fue uno de ellos.

miércoles, 2 de enero de 2013

Norberto Osvaldo Alonso



Integrante de la galería de ídolos “Millonarios”, es quizá una de las pocas palabras autorizadas para hablar sobre lo que significa vestir los colores sagrados. Junto con Ramón Díaz, el ya fallecido Ángel Labruna, Amadeo Carrizo, Ariel Ortega y Enzo Francescoli (éste último, el único no surgido de las inferiores) son los nombres que se mencionan al pensar en grandes glorias a las que el hincha le gustaría tener siempre cerca del club.

El “Beto”, con su zurda, desparramó magia por todas las canchas argentinas y del mundo. Desde el rectángulo de juego, condujo a River en los momentos más importantes de su historia.

En 1975, con tan solo 22 años, en un medio campo formado por juveniles del club (junto a Reinaldo Merlo y Juan José López), fue el eje del equipo que salía de memoria, hasta que la famosa huelga amenazó con arruinarlo todo. Finalmente, un once compuesto por juveniles, libró la última batalla. El zurdo no estuvo presente en el campo de juego por ser profesional, pero su aura iluminó a Rubén Bruno que se vistió con la “10” en la espalda, y de zurda, a lo Alonso, le dio el tan ansiado título. Una semana antes, frente a San Lorenzo, el “Beto” había allanado el camino con un doblete para abrir las puertas de la consagración.

Didí, un brasileño con buen ojo para detectar talentos, le cumplió el sueño de jugar en la primera del club de sus amores. Lo hizo debutar en 1971 y a partir de ese día, defendería a la “banda” contra viento y marea.

Pero no todo fue un camino de rosas para Alonso. Lesiones, transferencias y peleas, lo obligaron a dejar el equipo en tres oportunidades (1973, 1976 y 1981), y siempre volvió para demostrar que Núñez es su lugar en el mundo. En 1973, una glucemia casi lo aleja del fútbol para siempre; en 1976 se fue a Francia, pero en el país galo no tuvo el éxito esperado y al año siguiente volvió a River; y en 1981, una pelea con el técnico Di Stéffano, antes de la final del Nacional de ese año, lo obligó a migrar a Vélez Sarfield, donde vivió la jornada más triste como jugador cuando le convirtió un gol en el Monumental a su ex compañero, Ubaldo Fillol, y por supuesto, no lo gritó.

De todos modos él siempre volvió, él sentía que el “Millonario” lo necesitaba. Así como en 1975, su regreso en 1977 fue para obtener cuatro títulos más. Dos Metropolitanos (1979 y 1980) y dos Nacionales (1979 y 1981) conforman el palmarés de su segunda etapa en el club. Aunque lo mejor estaba por venir. El sabía que a River le faltaba algo y, como buen hincha, anhelaba conquistar América y el mundo.

Tras volver de Vélez en 1984, en Núñez se estaba armando un equipo que dejaría atrás las angustias en el plano internacional. Con Héctor Veira como director técnico, la llegada de Enzo Francescoli en 1983 y una serie de jugadores que darían un salto de calidad al equipo tras las pobres actuaciones de la primera mitad de la década del 80, River se consagró en el campeonato 1985/86, en aquella jornada gloriosa de la pelota naranja y la posterior vuelta olímpica en la “bombostera”. Obteniendo así la clasificación a la Copa Libertadores 1986, ya sin el “Príncipe” entre sus filas.

En la Copa, el “Capitán Beto” volvió a mostrar como se debe defender la camiseta de la banda sangre. Formando grandes sociedades con Antonio Alzamendi, Juan Funes, Ramón Centurión, Héctor Enrique y Américo Gallego, entre otros, se puso el equipo al hombro y llevó el estandarte riverplatense a lo más alto de América. Dos meses más tarde, una genialidad suya le permitió a Alzamendi anotar el gol para conquistar el Mundo en Japón.

Sin dudas es uno de los jugadores más influyentes en la historia de River. Fue partícipe de todas las grandes hazañas del “Millonario” alrededor del mundo. Estuvo en los planteles más importantes de la historia de la institución. Desparramó su talento y calidad por cuanto rectángulo de césped pisó con sus botines. Asistidor y goleador, los hacía de cabeza, de jugada, de tiro libre, de zurda, de derecha y hasta gambeteando al arquero sin tocar la pelota. Cada vez que se habla de cómo debe jugar River, se dice que hay que tener un diez como Alonso o como dijo Osvaldo Ardizone “el fútbol es un potrero y un pibe que juega como el ‘Beto’ Alonso”.

También vistió la camiseta de la selección en el Mundial de 1978. Luego de dos buenas actuaciones, una lesión le impidió completar el certamen en el que obtuvo su medalla de campeón del Mundo.

En 1987, 70000 personas se congregaron en el Monumental para despedir al ídolo que tuvo allí su partido homenaje. El último encuentro oficial había sido aquella definición Intercontinental, en la que, mientras daba la vuelta olímpica, supo que ese era el momento para retirarse. El 13 de junio de 1987, el estadio Antonio Vespucio Liberti se llenó como si fuese una nueva final. El “Beto” dejaba de regar su fútbol por Núñez y, entre lágrimas, entregaba una frase que refleja su amor por estos colores: “Gracias a Dios que me tiró en River”

domingo, 18 de noviembre de 2012

Enzo Francescoli


Con 22 años, llegó a River en 1983 como una promesa para mejorar un plantel carente de figuras destacadas. El uruguayo había sido la gran estrella de su selección en la Copa América y su incorporación generaba gran expectativa.

En el torneo Nacional de ese año su actuación fue discreta y el millonario quedó eliminado en cuartos de final. El campeonato Metropolitano ’83 no sería le excepción. La performance de River fue decepcionante, terminó en la anteúltima colocación, el “Flaco” había hecho nueve goles en 27 partidos y sus actuaciones no se correspondían con la expectativa generada, por lo que comenzaba a ser observado de reojo por el hincha. Su forma de jugar, casi displicente, hacía pensar que se había cometido un error con su contratación.

Con el correr de los partidos fue cambiando su imagen. Junto al “Beto” Alonso, llegado en 1984, llevaron a River a jugar la final del Nacional de ese año, en la cual fue derrotado por Ferro Carril Oeste. Pero lo mejor vendría en 1985, año en que condujo al millonario a ganar el Campeonato 1985/86, convirtiendo 25 goles en 32 partidos y teniendo actuaciones destacadas como la de aquella tarde lluviosa frente a Argentinos Jrs en la que el “millo” ganó 5-4 y el uruguayo convirtió por duplicado. Además, ese título le brindó el pasaporte para jugar la Copa Libertadores de 1986, que a la postre sería ganada por el conjunto rojiblanco.

Francescoli había nacido el 12 de noviembre de 1961, en Montevideo, Uruguay. No tenía un físico importante, era más bien flaco y desgarbado, sus globos oculares sobresalían de sus cuencas, su hablar era pausado y casi temeroso, pero cuando la pelota caía en sus pies, nada de eso importaba, su figura se transformaba.

Parecía tener una extraña atracción hacia la pelota, como si ella supiera que bajo sus botines sería tratada como una reina. No le costaba nada dominarla, y  ella se rendía a sus pies. Cuando la trasladaba, parecía flotar en el aire, sus movimientos eran armónicos y estéticos, sus pases eran siempre precisos, a un compañero o a la red, y como si fuera poco, era un exquisito definidor, siempre buscando el lugar a donde el arquero no pudiera llegar.

Así se fue ganando al hincha millonario, que lo fue valorando cada vez más hasta adoptarlo como un hijo del club. Su ascendencia en el equipo, y entre la hinchada, iba cobrando cada vez más relevancia, pero en 1986, sus grandes actuaciones obligaron a venderlo al Racing de París.

En Europa continuó su carrera durante ocho años, primero en Francia (Racing y Olimpique de Marsella) y luego en Italia (Cagliari y Torino), hasta que en 1994 River dio un golpe de efecto en el mercado argentino al anunciar la contratación del “Príncipe”, que en su anterior etapa en el club, había prometido volver para saldar su cuenta pendiente, la Copa Libertadores de América.

Si en 1986 se había marchado como una estrella del club, su regreso al millonario le deparaba la gloria, hasta convertirlo en el último gran ídolo de los feligreses riverplatenses.

En su primer campeonato, en 1994, bajo la dirección técnica de Américo Gallego, condujo a River a obtener el único torneo invicto de su historia, pero eso no sería todo. Dos años más tarde, con Ramón Díaz dirigiendo desde el banco y con Enzo desde el rectángulo de juego, pudo cumplir su promesa. Llevó al millonario a la final del torneo continental, y con un Crespo contundente que convirtió dos goles, se alzó con el tan ansiado trofeo. Al finalizar el encuentro, en la boca del túnel, no se olvidaría del joven goleador, a quién dio las gracias por permitirle cumplir su sueño americano.

Luego continuó en el club de Nuñez por dos años más, conquistando el tricampeonato (1996-1997) y la única copa que le faltaba a la institución hasta ese entonces: la Supercopa Sudamericana, derrotando al San Pablo en la final, donde tuvo la desgracia de desperdiciar un penal, pero, al igual que en 1996, un goleador implacable, el chileno Salas, anotó por duplicado para sumar un nuevo trofeo a sus vitrinas y terminar de bañar de gloria al uruguayo.

En febrero de 1998 decidió comunicar su retiro de la práctica profesional del fútbol, pero él no pudo alejarse por completo. Siguió vinculado al deporte más hermoso del mundo y extrañó tanto a la redonda que decidió despuntar el vicio con la banda roja en el pecho en el torneo de veteranos.

Hace poco estuvo en San Juan, en el partido homenaje a Ortega, mostrando que su magia y su calidad están intactas, más lento, un poco más gordo, pero intacto, hasta se dio el lujo de meter un gol de chilena rememorando aquella acrobacia del Mundialista de Mar del Plata en 1986 frente a Polonia.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Oscar “Pinino” Más

"Pinino" Más















Zurdo, de físico pequeño y potente, nació el 29 de octubre de 1946 en Villa Ballester, Buenos Aires, y toda su vida soñó con ponerse la camiseta de River en primera división. Confeso hincha millonario, llegó a declarar que de niño lloraba si el equipo de sus amores perdía.

Se inició en las inferiores de Juvenil Porteño y allí lo vio jugar Juan Evaristo, un histórico delantero xeneize de la década del treinta, que se desempeñaba como entrenador de la reserva del club de la ribera. Evaristo era amigo del padre de “Pinino” y le ofreció llevarlo a probar a Boca donde ya jugaba su hermano. Durante la prueba, cuando el partido estaba igualado en uno, el equipo de Más tuvo un penal a favor. El chiquilín de diez años se hizo cargo de la ejecución y lo tiró desviado. Con el tiempo confesaría que lo hizo a propósito porque “¿como iba a hacer un gol para Boca?”

En 1959, Ernesto Duchini llevó al gurrumín a River y se lo presentó a Peucelle. Cuenta Más que cuando se fue a probar “era una pulguita, los gambeteaba a todos, no me podían sacar la pelota y encima hice un gol” Ese mismo día por la tarde estaba firmando su primer contrato con el millonario en la sede de Suipacha.
Hizo todas las inferiores en el club, como extremo izquierdo, y a pesar de no ser un típico nueve de área, era un gran goleador. Su debut en River fue el 26 de abril de 1964 de la mano de Peucelle, a los 17 años, por la primera fecha del campeonato de ese año frente a Chacarita Jrs, e hizo la jugada para que Rojas anotara el único gol del partido.

Formó parte de los equipos que arrastraban la maldición de no poder conquistar un torneo local. A pesar de ello, tenía el arco entre ceja y ceja, le gustaba patear y probaba desde cualquier lugar, ejecutaba tiros imposibles aprovechando su potencia de piernas y hacía delirar a los hinchas con sus definiciones imposibles y sus festejos alocados.

En su primera etapa en el club jugó 309 partidos y convirtió 169 goles hasta que fue vendido al Real Madrid de España en 1973. Allí no tuvo un buen desempeño, por lo que en 1975 volvió al millonario.
Además de estar presente en la peor racha sin títulos por torneos locales, formó parte de los equipos que perdieron las finales de la Libertadores en 1966 y 1976. Sin duda, su gran deuda era lograr un campeonato con el club que tanto amaba.

La llegada de Labruna en 1975 abrió la esperanza de todo el pueblo millonario de cortar la sequía y con “Pinino” entre sus filas, River ganó el campeonato Metropolitano de 1975. Así el “Mono” se sacó la espina que más lo hacía sufrir.

En el segundo período en River jugó 73 encuentros e infló las redes en 30 ocasiones para redondear un total de 382 partidos por torneos de AFA y 199 goles. Estos números lo ubican como el sexto jugador con más presencias en la primera de River y como el segundo máximo goleador histórico de la institución detrás del gran Angel Labruna.

Fuera de la cancha era todo un personaje. Bromista y exótico, le gustaba hacer locuras como salir a la cancha con paraguas los días de tormenta o prender fuego el periódico que Labruna estaba leyendo.
En 1977 se fue de River y comenzó una travesía que lo llevó al América de Cali, Colombia, y continuó por Quilmes y varios clubes del ascenso argentino. Fue en 1979, cuando jugando para el equipo cervecero, derrotó al “Pato” Fillol con un furibundo remate, puso el partido 2-0 sobre River y el estadio entero lo aplaudió de pié. El no lo festejó, así como no podía hacer un gol para Boca, no podía festejar uno contra el equipo que le seguía quitando el sueño.

Aunque el quería terminar sus días como futbolista con la banda roja en el pecho, el destino quiso que sus últimos piques los llevara a cabo en un equipo con el nombre de la contra, en algún club llamado Boca del interior del país se retiró en 1987.

Luego trabajó en River y se vio envuelto en una estafa en la que pedía plata a los padres de chicos para llevarlos a probar al club. Esta situación le valió un juicio penal y “Pinino” no encontró palabras para pedir disculpas, admitiendo que era adicto al juego y reconociendo que lo hacía para satisfacer su adicción.

A pesar de esto, el hincha lo recuerda como uno de los máximos ídolos de la historia millonaria, porque en definitiva, para el fútbol, solo importa lo que hacía en el verde césped.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ubaldo Matildo Fillol


San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires. En un restaurante del pueblo, un joven de 14 años trabaja de mozo. Hasta allí llegó Renato Cesarini buscando nuevos talentos para River Plate, más precisamente a ese joven, que llamaba la atención por el tamaño de sus manos. Cesarini le ofreció al chico una prueba en River, pero éste se negó, no quería alejarse de su pueblo. Ante la sorprendente negativa, Renato le replicó “pibe, usted tiene las manos muy grandes, va a ser arquero”

Ese muchachito de 14 años, era Ubaldo Matildo Fillol, nacido el 21 de julio de 1950.

Es uno de los mejores arqueros de la historia millonaria (junto con el gran Amadeo Carrizo) y a pesar de no haber hecho las inferiores en el conjunto millonario, el destino parecía ensañado en cruzarle la banda roja en el pecho.

Su debut en primera división fue en 1969 con el Quilmes Athletic Club, luego pasó a Racing Club (1972) donde fue dirigido por Angel Labruna, para finalmente recalar en el equipo millonario en 1973, cuando Angelito le dijo “si usted no va a River, yo lo cago a trompadas”

Llegó a River en una época esquiva en cuanto a títulos. Al principio fue suplente de “Perico” Perez, pero cuando Labruna se hizo cargo de la dirección técnica, en 1975, le entregó el buzo titular y con él se quedó hasta 1983, cuando fue transferido a Argentinos Jrs.

Aquel 1975, fue el año en que River cortó la sequía de 18 años sin títulos, con el “Pato” en el arco y con un medio campo formado por juveniles de la institución (Alonso, Merlo y Lopez). Más tarde, Fillol contaría que en ese campeonato Metropolitano del ’75, el punto de inflexión fue el partido con Boca en la bombonera, donde jugaron de noche, ganaron 2 a 1, y él atajó un penal.

Historia particular la de Fillol con los penales. Además de sus condiciones naturales para defender los tres palos, donde parecía imbatible por su agilidad de piernas, su velocidad de reacción, sus reflejos felinos y su forma de achicar el arco al punto de convertirlo en una ratonera, era un gran atajador de penales.

Cuando él se paraba a 12 pasos de la pelota, el arco se achicaba, o mejor dicho, el “Pato” se agrandaba, los rivales se amedrentaban y él mostraba toda su seguridad. En su carrera atajó 16. Uno de los más recordados es el que le contuvo al polaco Deyna, en el mundial de 1978, donde Argentina fue campeón.

Su último partido fue en 1991, un River – Velez jugado en el Monumental y como no podía ser de otra manera, con un penal atajado. River llegaba peleando el campeonato con Newell’s y necesitaba ganar para coronarse, pero el “Pato” le atajó un penal a Da Silva y cerró el arco, echando por tierra las ilusiones de campeón del conjunto millonario. A pesar de ello, una vez finalizado el partido, el estadio lo aplaudió de pié. Fillol tuvo una actuación brillante y al día siguiente todos los medios periodísticos le pusieron un 10.

Además de campeón del Mundo en 1978 con la selección nacional, en River atajó 405 partidos y logró siete campeonatos, una supercopa con Racing, una supercopa de España con el Atlético de Madrid y la Copa Guanabará con el Flamengo de Brasil.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Ramón Angel Díaz

Ramón Díaz en 1991














El viernes 30 de agosto de 1991, volvía a jugar en River Ramón Angel Díaz. Aquel equipo era dirigido por Daniel Alberto Passarella y la llegada de Ramón fue toda una revolución para el mundo millonario. Llegaba un hijo pródigo que había sido goleador del Calcio y que había salido campeón con el Inter y con el Mónaco.

Cuando se fue a Europa, no existían los canales de cable que pasan el fútbol de todo el mundo. Tampoco había internet, ni youtube, por lo que ver o seguir sus actuaciones era prácticamente imposible. Solo algún diario o revista especializada traía alguna foto o informe sobre las actuaciones de los argentinos en el viejo continente.

Por lo tanto, cuando volvió, se generó gran expectativa por ver a ese jugador zurdo, veloz y picante del que tanto hablaban y que tan buenos recuerdos había dejado en aquellos que lo vieron a fines de los setenta con la camiseta millonaria o con la selección juvenil en el mundial de Japon en 1979.

Nacido el 29 de agosto de 1959 en La Rioja, llegó a River muy joven y allí se quedó. Hizo todas las inferiores en el club y debutó en primera el 13 de agosto de 1978 de la mano de su mentor: Angel Labruna, quién a partir de allí se convertiría en un modelo del ser riverplatense, tanto para Ramón, como para muchos de los jóvenes que debutaron de la mano del “Feo”.

En sus inicios, el “Pelado” era suplente de Luque y entraba en los segundos tiempos. Era tan rápido, que agarraba a todos los defensores cansados y siempre convertía algún gol, no lo podían parar, a tal punto, que a pesar de ser suplente, era uno de los goleadores del River de fines de los ‘70. Su primer grito no tardó en llegar, fue el 30 de agosto de 1978, frente a Quilmes, en un partido que terminó 1 -1. Recién en 1980 pudo afianzarse como titular hasta que fue vendido a Italia en 1981.

Cuando volvió aquel viernes frío de 1991, muchos decían “viene a robar”. Pero el “Pelado” es de la escuela de “Angelito”, vive River, ama River, siente River; sabe lo que es vestir esta camiseta y defenderla hasta las últimas consecuencias, y les demostró a todos que el único robo era tenerlo en el equipo.

Como si el tiempo no hubiera pasado para él, con 32 años recién cumplidos, se despachó con un doblete y le dio la victoria a River 2 a 1 frente a Central. Su agilidad seguía intacta, su gambeta seguía veloz e indescifrable, su zurda seguía mágica y explosiva. La velocidad que los años le sacaron a su físico se la dieron a su cabeza. Leía y pensaba la jugada antes que la pelota le llegue al pie. Su pique corto era letal y si entraba al área con pelota dominada, seguramente terminaba besando la red.

Finalmente, ese Apertura ’91 River fue campeón y el “Pelado” que había venido a robar, fue el goleador, con 14 anotaciones.

En 1993 se fue a conquistar el Imperio del Sol Naciente, pero sin antes dejar un mensaje para todo el pueblo millonario: “Los hinchas de River no se van a librar tan fácil de mí. Estaré un año y medio en Japón y después volveré”

Cumplió su promesa, en 1995 se hizo cargo del banco millonario, en reemplazo del “Inglés” Babington, y tan solo un año después, ponía a River en lo más alto del fútbol sudamericano al ganar la Copa Libertadores ’96. A partir de allí, comenzaría un derrotero de títulos que incluyen un tricampeonato (Apertura 96, Clausura 97 y Apertura 97), la Supercopa ’97, Apertura ’99 y Clausura 2002. Convirtiéndose en el técnico más ganador de la historia millonaria.